viernes, 20 de marzo de 2009

El duelo

-No queda sino batirnos- añadió el poeta al cabo de unos instantes.
Había hablado pensativo, para sí mismo, ya con un ojo nadando en vino y el otro ahogado. Aún con la mano en su brazo, inclinado sobre la mesa, Alatriste sonrió con afectuosa tristeza.
-¿Batirnos contra quién, don Francisco?
Tenía el gesto ausente, cual si de antemano no esperase respuesta. El otro alzó un dedo en el aire. Sus anteojos le habían resbalado de la nariz y colgaban al extremo del cordón, dos dedos encima de la jarra.
-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia -dijo lentamente, y al hacerlo parecía mirar su reflejo en la superficie del vino-. Que es como decir contra España, y contra todo.

El capitán Alatriste, capítulo 3. De Arturo y Carlota Pérez-Reverte

1 comentario:

  1. Rieux se calló y volvió a sentarse. Sentía que tenía la boca seca.
    -¿Después de todo? -dijo suavemente Tarrou.
    -Después de todo... -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-, ésta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?
    -Sí -asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted siempre serán provisionales, eso es todo.
    Rieux pareció ponerse sombrío.
    -Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.
    La peste, capítulo 2. De Albert Camus

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